EL HOMBRE SIN TIEMPO (o un rastro de amor en el silencio)

Al principio, eran solos unos instantes.
Sin pensamiento. Absolutos.

Cuando estar vivo era igual a estar muerto:
escribir o leer un poema,
desnudar el corazón de madrugada,
hacer el amor
o jugar con un niño.
Momentos como aquellos
cuando exprimía el alma
hasta forzar con la voz
una palabra de fe,
cuando no había consuelo,
una palabra siquiera,
cuando no había palabras.

Eran solo esos momentos
cuando uno no «está», sino que «es».
Cuando no existe nada más
que el abrazo de un amigo,
las notas del piano,
la mirada de mi perro.
Momentos sin memoria,
sin futuro, sin tiempo.
Estáticos. Absortos como un lago
antes de que arrojemos esa piedra.

Los memoriosos nunca han estado allí.
Ellos siempre conocen tiempos mejores
cuando pasaban cosas dignas de ser recordadas:
lances heroicos, anécdotas risibles,
frases de ironía, palabras resonantes.
Ellos recuerdan todos los detalles,
la cifra trivial de los días y los años,
quienes asistieron y quienes faltaron,
el lugar preciso del encuentro,
la vestimenta exacta que llevaban.
Es extraño que no refieran esas cosas
que tanto me gusta recordar:
el olor del pan,
el crepitar feliz de la madera,
la frescura de la noche
que entra como un ladrón por la ventana.

Aquellos momentos
fueron después asiduos y variados:
a veces junto al río
como una libélula que cae y se aleja,
tan traslúcido,
como el agua que daba en observar;
otras, una caminata matinal entre los pinos
o flotando en las tardes sobre el valle,
cabalgando, sin noción de cabalgar.

Intoxicado de aquí y ahora,
ebrio de tiempo,
fui perdiendo recuerdos, como hojas marchitas
en las calles de otoño.

Sospeché que aquello no era normal.
Tal vez debía inquietarme,
pero ya no quedaba espacio para la inquietud.
Después ni siquiera para la preocupación
o la duda.

¿Estaba viviendo sin tiempo o fuera de él?
Vivía, olvidando lo vivido.

Ahora, apenas escucho
la inerte letanía de la charla
antes de que zarpen mis oídos
hacia los grillos espumosos de la noche.
Mis ojos, como brújulas rebeldes,
señalan imantados al oeste
el esbelto cáliz de las rosas.

Puedo, sí, escuchar los silencios y la música,
pero solamente aquella que ahora vibra
y acaricia mi piel silvestre y alerta.

Ya me es imposible contarte del ayer,
ordenar el silogismo de los hechos
con el engaño lineal del calendario.
Soy pura actualidad:
si llueve, lluevo,
si nieva, nievo,
si hay sol, brillo,
si es noche, oscurezco.

Cada hora es diferente y varío con ella.
No puedo explicarlo, no comprenderías,
porque todo tiene sentido en el momento
y nada, fuera de él.
Cada fracción de tiempo
es un arco iris de sensaciones
que despliega una paleta sorpresiva.
Al vivirlo, lo derramas, lo agotas
como si comieras una fruta.

Cada instante se presenta
a la claridad de mi conciencia
como los fotogramas de un film
que alumbra el reflector:
incontaminado, sucesivo, puro.
Como niño amanecido sin prejuicios,
se recrea la conciencia
enriquecida por el instante que pasó,
como crece el talento del artista
cuando vuelve a desafiar
el espacio virgen de la tela.
Por eso, ahora debo avanzar solo
y no podrás seguirme.
Seremos, tal vez, exploradores paralelos
en la vasca región de lo indecible:
sin equipaje de proyectos y utopías
ni mochila de excusas y lamentos.

Si la vida es memoria de la vida,
ya no vivo.
Si la muerte es el fin de la conciencia,
ya no muero.

Soy apenas
un universo que siente,
sin pensar que se expande y se enriquece.
Soy la unidad que abarca las fisuras,
el centro que atrae las periferias.
Mi hambre es de luz.
Mi droga es la verdad:
¡por favor, auméntame la dosis de verdad!

Ahora, observa:
voy a resolver esta última grieta
entre el que escribe y el que sabe que escribe...

Quedará un rastro de amor en el silencio.


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