EL BUDA DE VILLA TARIDA

Como si fuera Dios
contemplando la belleza que ha creado,
extiende el Buda la paz de su mirada
hasta los promontorios rocosos de Es Vedrá.
Me detengo un momento
ante la imponente figura de piedra
y acompaño su vista
por las calas e islotes
de la magnífica costa ibicenca.
Concentrado en sí mismo,
parece bendecir la luna
con una de sus manos,
mientras con la otra sostiene al sol
hasta posarlo suavemente sobre el mar.
Toda la creación parece absorta
en el silencio pétreo del Buda
esperando una palabra,
un imperceptible movimiento de sus ojos,
o una ligera inclinación de su cabeza
que consientan el flujo del tiempo
para consumar el rito de la tarde,
y que la esfera ardiente del sol
se sumerja en las aguas quietas del Mediterráneo.
Pero el Buda permanece inmóvil,
como la tarde, como el sol, como el tiempo.
Sólo yo parezco tener prisa,
mientras todo el cosmos,
obediente, espera.
Y entonces me pregunto
si también yo soy capaz de detenerme,
si puedo lograr la humildad
para comprender la irrelevancia de mi acción.
¿Es que hay algo más sublime e importante
que contemplar la belleza?
¿No es esa acaso la verdadera
y amorosa ocupación de Dios?
Contemplar el esplendor de su obra
y dejarla en libertad
para que evolucione sin interferencia,
como el autor de una novela infinita
que deja a sus lectores la posibilidad
de ir agregando sus propias palabras y creaciones,
de escribir su propia historia,
para ir completando el relato universal...
Y entonces yo también me detengo,
reconozco la enseñanza del Buda,
contemplo, sin pensamiento, en silencio,
soy uno y parte del todo,
salgo del relato y del tiempo,
y por un momento, soy Dios.


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