MORIR LO IMPRESCINDIBLE

Es hora de morir lo imprescindible
y rebrotar lo necesario,
de rescatar tu palabra esencial y despojada, hecha de perfección y de extravíos.

mas con voz de lámpara y voz de vida,
como un adiós que no decimos,
que entregan su dolor a cielo abierto,
en una tierra de cunas y presagios,
de estridencias y recóndita armonía,
como entrega el instrumento toda el alma en un sonido.

Es tiempo de regresarlos de la noche,
de la extraña editorial del desperdicio,
del limbo inesperado del azar
y la biblioteca de la desmemoria.

Inventaré una primavera, una cualquiera,
en un mercado amable y desierto,
para ofrecer tus culpas y tu pena,
para que renazcan tus entrañas amarillas,
con la alegría animal de los campos en septiembre,
y algo de ti, responda que has vivido,
y algo de mí, denuncie que no has muerto.

Es hora de liberarlos de los senderos angostos
y arrancarles la tumba que los clava al suelo por el socavón del pecho.
Para que con sus alas abiertas,
inagotables en sí mismos,
trasciendan los horizontes,
rebosantes de viento.

No es tiempo de máscaras,
de ser otro y gritar ausente.
No es tiempo de abandonar los sueños como guitarras con las cuerdas rotas,
o semillas sedientas en los surcos mendigos de la tierra.

Ya pasó el tiempo que lastima,
el largo peregrinaje de la ilusión buscada,
el tiempo de la nada y de la queja,
el profundo invierno de la melancolía,
en que secaste a un Dios lejano
la fuente incomprensible de sus lágrimas.

Que el áspero tronco
recobre manos de azucena,
que del tiempo pasado
queden apenas vestigios de cobre en las monedas,
y en la sonrisa que despunta,
una sospecha de emboscada
y alguna limosna de tristeza.

Quiero torcer tu destino lacerado, irrescatable,
detener la sombra de Dios
sobre el calvario estéril de tu mano;
resucitar el manantial intacto de tu infancia;
tocar tus llagas restañadas;
contemplar juntos otra vez lo que no dura;
abrir en el tiempo un resquicio para amarte,
allí donde el dedo de la noche me señale el agujero en tu costado,
por donde te nace la poesía como un ala.

Quisiera hundirme hasta tocar fondo en los abismos para que sin morir, amanecieras.
Revivirte, con banderas de luces y milagros,
con esas ansias de hacer trizas la cordura
y ese insensato amor a la poesía.
Regresarte, serena y ligera,
como una mínima brisa del otoño
en el aire tranquilo de una confidencia.

Verás, que vuelven a jugar los duendes de la siesta por los patios enrejados de la casa.
Y en el huerto fértil de tu página blanca,
volverán los pájaros del tiempo
a detener su rojo desenfreno.
Acallarás la duda de no estar despierta
y volverá al cauce de su geografía
el río desbordado de tus miedos.

Predicadora, profeta o guerrillera,
tú, la sacerdotisa del amor,
me ayudarás a rescatar del olvido cotidiano,
las pequeñas cosas que abandona a su paso la existencia.
Porque el amor es eso:
descubrir los abismos y dejarnos
con los ojos benditos y despiertos.

Entera de luz, recién creada,
quiero beber contigo todas las estrellas,
porque esta vez el tiempo...
¡ Esta vez el tiempo no llegará primero!
Será apenas, en su eternidad desierta,
una esfinge de amatista
rendida a la pasión tenaz de tu palabra,
esa terca oración de tu ceniza,
y tu insaciable sed de paraísos.

No importa morir lo imprescindible
si ha de rebrotar lo necesario.
No importa que anochezca
y contemples la otra orilla con los ojos ciegos:
si el amor es tu centro,
si del amor te naces,
por él escribes,
desde el amor existes
y en el amor te encuentro.


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